lunes, 20 de febrero de 2017

La viga. Cuento incluido en "Historias de Tata Mundo", de Fabián Dobles.


Undécimos COVOMOSA:

¡Saludos! Abajo aparece el cuento "La viga". Pueden imprimirlo, subrayar personajes importantes y sus características; o bien, si no pueden imprimirlo, sería anotar en el cuaderno dicha información.

 De “Historias de Tata Mundo” de Fabián Dobles,

 Cuento: La viga 

 Hacía rato que Tata Mundo nos venía prometiendo lle­varnos a una milpa que tenía por las laderas, sólo que a la ida no se le llegaba la vez, decía él que porque el maíz aún no estaba cuajado. Así que cuajó, nos dijo que el sábado en la tarde nos íbamos a destorrentar por allá, de modo que despa­biláramos las piernas para la caminata y nos diéramos desde ahora a paladear los elotes que nos habíamos de comer al pro­pio pie de la mata. Y, como a lo dicho hecho, el sábado íbamos con Tata Mundo potrero arriba y cafetal abajo, y a eso de las tres, con un tiempo de golondrinas, llegamos a las laderas donde, entre otras, nos señaló una milpa que era la suya, y hacia allá nos despatarramos. A poco, ya teníamos el fogón encendido y una docena de mazorcas dorándose en las brasas. Tata Mundo estiró el brazo, alcanzó sus alforjas, de una de sus talegas sacó la botella con el café y sorbió unos tragos. Y mientras nos la pasaba a nosotros, abrió la bolsa del otro lado y como quien de allí coge un rico lechón cocido, sacó tamaño cuento, lo extendió ante nosotros y empezó a narrarlo, entre mazorca que comíamos y olote limpio que desechábamos:
—Había una vez en un pueblo de la meseta, allá abajo, un campesino llamado Pedro Lépiz. De medianos pasares, lo cual quiere decir que era entre pobretón y acomodado, el tal Lépiz se hubiera dicho un tipo feliz de no haber resultado padre de un hijo más vagabundo y tontoneco que una piapía. Ha­biendo la madre del muchacho pasado a mejor vida, pasó Pe­dro a mejor mujer con una jovenzona del vecindario, de quien cosechó más familia poco a poco, mientras el zafalomos de su hijo mayor, sin dirección ni madre, crecía como quien dia­pastando en orillas de calle, se educaba en los escaños de la plaza, y, de aprender, nada, como no fuera patear la pelota todo el día y jugar al billar noche tras noche. Esta clase de fulanos no escasean, naturalmente, pero sucede que por lo común no tienen un tata tan ocurrente como Pedro Lépiz. Pues no lo juzguen mal ustedes; él había hecho lo suyo tratando de arren­dar a Casimiro, aconsejándolo, reprendiéndolo y hasta matán­dolo a palos allá de cuandito en vez. Mas de dónde que con­seguía endilgarlo. El hijo había nacido terco de hocicos, y ni con freno atendía, por lo que Pedro Lépiz se cansó y acabó por dejarlo en libertad y que trotase a sus anchas por la vida. Hombre, y un día de tantos, a eso de los veinte años de Casimi­ro, se llegó este por el cerco de su padre, lo llamó aparte y le dijo:
—Tata. Vengo a que me ayude y me aconseje.
El viejo se encontraba sacándole filo a su cuchillo en la piedra de mollejón y de la sorpresa por nada que se rebana un dedo.
— ¿Aconsejarte? ¿Y de qué?
—Es que... estoy por casarme.
Los ojos que le abrió Pedro Lépiz a su hijo.
—¡Vos!  ¡Casarte!  ¡Y cómo!
—Pues, asina como le digo. Como no he ajustado los veintiuno, necesito su consentimiento.
El tata arrugó la boca que casi se le cruzan los bigotes, y se quedó pensando un rato. En eso dijo:
—Mira, cogé un papel. ¿Todavía no has olvidado escri­bir? Toma este lápiz. Apunta, apunta—. Y comenzó "a dictarle.
Casimiro cogió el lápiz y el papel, mojó en saliva la punta y garabateó: "Café, 0.65; arroz, 0.70; frijoles, 0.50; dulce, 0.25; verdura, sal, manteca, leche, medicinas, ropa", y todo eso, m'hijitos, que una familia quita y borra cada día mientras alguien pone y pone y nunca acaba de poner. Bien lo sabía Pedro Lépiz, como lo sé yo y ya se lo averiguarán ustedes ape­nas den con la pareja y amanezcan casados.
—Suma, suma para que veas.
Qué sumar ni qué nada. Casimiro agachó la testa y se quedó como en misa. Quizá que sí, quizá que no había medi­tado en el arroz y los frijoles. Y habiéndole su padre agregado que ni a mentadas le daba el consentimiento, lo alzó a ver con ojos de ternero degollado, dio media vuelta y lentamente, a más no haber, se apartó de por allí. Pues si a la verdad, Casi­miro no era tan tonto. Dijo a moler pensamientos todos aque­llos días a ver qué caldo les sacaba, pero apenas si en' claro consiguió un huacal de puras cachazas. Estaba arreglado. Y lo peor, enamorado que ni torcaz tristona. Todo lo que se dijo fue: "No tengo más tata que ese. Y si él no" me ayuda, pues me espero a cumplir los veintiuno." Y con esta gran razón volvió de necio a casa de Pedro Lépiz.
—Está bien —consintió por último este—, allá vos con tu Carmela. Buena es, y empeñosa. Ojalá que la enyugada te sirva para que sentés cabeza y aprendas a trabajar.
—¿Me ayuda, entonces?
—Tanto como meterte el hombro, no puedo. ¿De dónde cojo yo para otra boca? ¿Y para las que en seguida vendrán? Pero tengo la casilla aquella de "La Vuelta". Es un cuarto de manzana. Sembrá aunque sean yucas y chayotes, y te vas a vivir allá.
Y, chupulún, el gran tarantas se tiró con todo y ropas de cabeza en la poza, y en los primeros meses el matrimonio le pareció una agüita tibia y retozona, y él a nadar a gusto, y todo suave. La Carmela lavaba y aplanchaba ajeno. El, porque no se dijera, sembró de veras yucas y chayotes, y ahí de cuando en cuando, de una buena tacada, rebanaba algunos pesos en el billar del centro.
Y mi Pedro Lépiz vigiando disimuladamente al hijo y a la nuera. Cuando pescó al vuelo estando en misa la primera panza que apuntaba, volviéronsele a cruzar bajo las narices sus bigotes, ya algo canos, sombrío y preocupado, aunque tam­bién, muchachos, medio endulzado de ánimo. Lo digo yo, que soy cincuenta veces abuelo.
Acá empezó Casimiro a ver cómo el agua se le enfriaba y la cosa se le ponía cuestuda. Y a trepar montaña se ha dicho, descalzo y mojándose. ¿Se imaginan ustedes que él no tenía su poco de bueno y su toquecito de orgulloso? Pues lo había, y tanto. Sólo que había tardado en crecerle, como si a los veinte años hubiese principiado a tener catorce, y a hacerse hombre. Se lo notó bien pronto el tata, pues lo alcanzó a ver trabajando ya de peón en carreteras, ya de ayudante en el tra­jo piche de ñor Lorenzo. Y el viejo contentadizo con todo lo que veía, aunque siempre de lejos, terciando el ojo hacia allá de cuando en cuando, mas sin enternecerse ni aflojar una cuarta la cuerda.
Caramba, qué fertilidad la de la Carmela. Un año sí y otro también allá te iba el otro nieto. Y nuestro Casimiro más echaba los pujos montaña arriba y más se


nos mojaba. Y usted suma, ya sin papel ni lápiz, a pura preocupación y a pura memoria, y ninguna plata que alcanzara para tanto chacalín y tanto gasto. Un día entre muchos se le fue el primero para el cementerio. Otro día entre cuantos, dijo a morirse la menor de las panzoncillas que tenía. Y entonces ñor Pedro Lépiz soltó un algo de cuerda, le dio un pequeño gusto a sus sentimientos, que bien que los tenía, y fue allá a meter ayuda con el entierro y la vela. Cruzó algunas palabras:
—¿Qué hay, hijo?
—Ahí vamos, tata.
—Dura la cosa, ¿verdad? ¿Chima la grupera?
--Qué viejo duro y ocurrente…Chima, tata, hasta en veces dan ganas de . . .
—¿Matarse?
—Mjm... Sólo porque uno es Lépiz. —¿Lépiz? ¿Así que ya te abotonaste bien el apellido? No crean, ustedes. Algún rencorcillo guardaba Casimiro a su tata.
—Sí, aunque cuesta. Pero no piense, tata, que es por usted. Es por mí, y por esa marimba —añadió el hijo, y volvió a ver a tres de sus mocosillos que andaban merodeando cerca—, y por el recuerdo de mama. -
Qué hijo tan duro y tan hiriente. Lo dijo con segunda intención. Mas Pedro Lépiz echó candado a las palabras, pen­sando: "Este me seguirá cobrando el no haberlo apuntalado en sus crujidas", y sonrió entre lastimado y malicioso, al punto que no pudo evitar que sus ojos se le, fueran hacia arriba del aposento, muy de pasarraya, a mirar uña vieja solera maciza, que servía de viga a la techumbre.
Por la docena iba sonando ya la marimba de Carmela y Casimiro, cuando a Pedro Lépiz los años empezaron a doblarlo y él a notarse con ganas de echarse a empollar su último viaje… Y entonces mandó a llamar a su hijo.
—Mira, Casimiro, yo creo que no voy a durar mucho ya. Yo hubiera querido amacizar a todos mis hijos con su buena herencita, pero la vida es corta y uno sólo uno. A vos la cosa te va a parecer injusta, pero yo no puedo desamparar a mi mujer ni a estos otros hijos, y a ellos les dejo casi todo: la finca esta y esta casa. Vos, pues conténtate con tu cuarto de manzana y la casilla en que vivís.
La cara que puso Casimiro. Y el reproche que se le pintó todito en los ojos.
Hizo envite a irse sin palabra ninguna, cuando el viejo Pedro Lépiz, dura y seca la voz, lo detuvo:
—Ah, hijo; todavía otro asunto. Alcánzame ese mecate nuevo que está sobre la cómoda. Yo te enseñé, oílo bien, te enseñé a mi manera cómo saber trabajar. Pero el día que ya no aguantes más, ahí te merqué esa soguilla para que te guin­des del techo. Oíme bien, eso sí, y cuidado con lo que te digo: si te has de ahorcar, hacélo de aquella viga gruesa que está en el aposento grande de tu casilla.
No pudo Casimiro, mal de su cólera, dejar de coger el mecate y llevárselo, como la muerte cogió y se llevó poco des­pués a Pedro Lépiz. Lo tiró por ahí, y siguió viviendo. Vi­viendo y crujiendo. Y lo peor era que de allí en adelante co­menzó a tenerle miedo a la idea aquella de terminar colgado.
Más pobre estaba que una estera vieja y más zarandeado por la vida el día que para poder continuar hipotecó el pedazo. Y peor que peor cuando se convenció de que lo perdería. En­tonces se acordó del viejo y lleno de rencor, agrio con él, se dijo: "Ah, sí, ¿pues querías que me guindara? Ahora mesmo me voy a guindar, y ahí te mando mi colgajo para que se tueste con vos en los infiernos." Aprovechó que la mujer y los críos andaban en misa,
arrimó un banco,
aseguró el mecate de la viga, se
mancornó el pescuezo, y ahí no más se me dejó caer para el suelo sin decir ni tus ni mus.
Ah lluvia, ah lluvia gruesa y pesada la que se le vino encima. La viga estaba hueca, y como una tinaja llenecitica de monedas de oro. Se desastilló con la sacudida y el oro bañó y golpeó en el cuerpo a Casimiro, que entontecido por el tironeo de su pescuezo no acababa de ver ni comprender lo que estaba aconteciendo. Pensó que se había muerto y que la muerte era cosa rara llena de ilusión, y visión de riqueza, y que tal vez era que se había ido al cielo a pesar de los pesares, y que el cielo ya lo estaba recibiendo con lluvia de monedas, y de las de antes, así tontas, grandes como tortillas. Pero comenzó a tocarse vivo, a sentirse con su carne y con sus huesos y hasta con dolor en la amelladura de la garganta. Y entonces, asina acuclillado como se hallaba, empezó a comprender, a quitarse lentamente la soga del pescuezo, y a levantarse ... Se agachó y juntó un peso, grande, redondo, dorado. Y se le mojaron toditicos los ojos.
Asina se las sabía jalar mi amigo Pedro Lépiz—, terminó diciendo Tata Mundo cuando por el lado de arriba de la ladera asomó un campesino blandiendo tamaña cutacha. Como con pólvora en las piernas saltó en sus pies, cogió las alforjas y:
—A correr, m'hijitos, que ahí no más llega el dueño de la milpa.
Y nunca conejo alguno bajó por las laderas aquellas, perseguido de perros, más veloz que bajamos nosotros con todo y Tata Mundo atravesando cercas y vallados.
El viejo sinvergüenza.